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Conflictos entre padres e hijos adultos: claves para reparar la relación

Padres e hija adulta conversan con confianza para fortalecer su relación familiar.
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A medida que uno se va volviendo adulto, suelen aparecer nuevos desafíos en la relación que uno tiene con la familia. Muchos de estos desafíos, tienen que ver con los nuevos roles que se asumen, decisiones de vida importantes, maneras de pensar distintas, nuevas responsabilidades y expectativas individuales. Todo esto puede traer consigo conflictos que si no son manejados adecuada y saludablemente, pueden generar discusiones frecuentes o incluso un distanciamiento permanente.

Aunque este tipo de situaciones suelen generar mucho dolor, no siempre indican que los problemas sean irremediables o que la relación familiar esté totalmente rota. Cuando los miembros de la familia aprenden a comunicarse, establecer límites saludables y tienen disposición a cambiar acciones no saludables, el vínculo puede fortalecerse e, incluso, reconstruirse.  

¿Por qué la relación entre padres e hijos puede tornarse conflictiva en la adultez?

A medida que los hijos crecen, la dinámica familiar se transforma y no siempre es fácil para los padres e hijos adaptarse a todos los cambios que esto implica. En muchos casos, los problemas familiares surgen porque cada integrante de la familia necesita y espera algo específico de cada uno, no necesariamente por la ausencia de afecto o cariño.

El cambio de roles: cuando los hijos necesitan independencia

Uno de los principales retos a los que se enfrenta una familia es a la independencia de los hijos. En muchas se siguen vinculando con ellos como si fueran menores de edad cuando ya no lo son. Mientras que ellos, por su lado, esperan tener mayor autonomía en sus vidas. Ser independiente no quiere decir que uno “haga lo que le venga en gana”, que “no tenga límites” o que “no le importa la familia”; significa hacerse responsable y asumir las consecuencias de sus propios actos.

Por ejemplo, Camila, de 31 años, toma la decisión de mudarse sola. Su madre la llama constantemente para saber si está en casa, si va a salir, si necesita ayuda o si ya desayunó, almorzó o cenó. Pese a que la madre lo hace con la intención de cuidarla, Camila se siente muy sobreprotegida y controlada. Debido a ello, cada vez que recibe un mensaje de su madre, le responde de forma poco asertiva. La madre siente que ese cambio se debe a que ella hace lo que quiere con su vida y que no le importa su familia, mientras su hija está intentando construir una vida más independiente. 

Madre ayuda a su hija adulta durante su mudanza a un nuevo hogar.

Expectativas familiares, decisiones de vida y choques generacionales

Cada generación se desarrolla en un contexto sociocultural y económico distinto, por lo que en muchos casos, padres e hijos pueden tener conflictos porque pueden tener distintas formas de ver el mundo e ideas diferentes sobre lo que representa la felicidad, el éxito o la estabilidad. 

Los conflictos y discrepancias aparecen cuando lo que espera o considera adecuado la familia no coincide con las decisiones que toman los hijos. Algunos ejemplos son: estudiar una profesión distinta a la que la familia quería para el hijo, tener una religión e ideología o estilo de vida diferente, irse a vivir a otra ciudad o fuera del país, optar por no tener hijos o no casarse, etc. 

Cuando el amor se expresa como crítica o control

Muchos padres en su intento de proteger a sus hijos, pueden llegar al extremo de hacerlo por medio del control y la crítica, pues consideran que es la “mejor forma” de “cuidarlos” o “corregirlos”. No obstante, la crítica y el control llevan a que el hijo se sienta juzgado, invalidado, vigilado y que tenga miedo de expresarse o de dar una opinión, o que crea que no es capaz de tener el control de su propia vida. 

Conflictos más comunes entre padres e hijos adultos

Cada familia es distinta y tiene sus propias particularidades, sin embargo, existen ciertas dificultades familiares que son comunes y que aparecen con mucha frecuencia.

Diferencias sobre pareja, trabajo o estilo de vida

Cuando se juzga de forma constante y negativa la manera en la que el hijo vive, se trata de decidir junto a él aspectos importantes como el lugar en el que vivirá, donde trabajará, con quién mantendrá una relación de pareja o de amistad, se cuestiona la forma en la que está formando a sus hijos, etc, se puede comenzar a generar resentimiento, rechazo o distancia emocional entre los miembros de la familia. 

La lucha silenciosa por la autonomía

En muchas ocasiones, los conflictos surgen por la búsqueda de autonomía de los hijos. Por un lado, el hijo quiere que su familia vea que puede tomar decisiones importantes por sí mismo, mientras que la familia trata de seguir interviniendo en ese tipo de decisiones. Si no establecen acuerdos, comienzan los conflictos que se repiten una y otra vez. Por ejemplo, el hijo está buscando un departamento para mudarse, le muestra a su madre las opciones que ha encontrado a lo que ella responde que estas opciones elegidas no son muy buenas y que le ayudará a buscar mejores lugares. El hijo deja de contarle a su madre sus planes porque siente que minimizará lo que él quiere.

Cuando la comunicación se convierte en discusiones constantes

Cuando uno se comunica con el otro, el problema no siempre es el tema del que se esté hablando, sino la manera en la que uno se está expresando. Muchas veces, la comunicación se da mediante críticas, se eleva el volumen de la voz, se dicen cosas sarcásticas, se hace la ley del hielo, etc, lo cual termina distanciando en lugar de acercar. Por ejemplo, en vez de decirle “me preocupa que estés así. ¿Cómo puedo ayudarte?”, se le dice “siempre es lo mismo contigo. Estoy harto. Si yo no te digo que te cuides ¿quién más lo hará?. Eres irresponsable”. Todo esto termina generando discusiones y distanciamiento. Lo ideal es que uno se pueda expresar de forma asertiva, que es un estilo de comunicación en donde uno dice lo que piensa y siente de forma respetuosa, considerando sus necesidades individuales y también los derechos del otro.

Cuando la comunicación se vuelve difícil y los desacuerdos afectan la relación entre padres e hijos adultos, la terapia familiar puede ayudar a comprender las dinámicas que generan conflictos y desarrollar formas más saludables de comunicarse.

Señales de una relación problemática entre padres e hijos

En toda familia hay desacuerdos y no todos ellos indican que algo está mal o que no haya una buena relación. Sin embargo, si estos desacuerdos son constantes y, más aún, formas negativas de expresar las cosas y comportamientos nocivos, esto podría indicar que hay una relación problemática que podría terminar afectando emocionalmente a todos los miembros de la familia.  Hay ciertos indicios que podrían indicar que la relación se está desgastando, como por ejemplo, cuando constantemente están a la defensiva, cuando cualquier desacuerdo se convierte en una fuerte discusión o pelea, cuando uno considera que el otro nunca está contento con nada de lo que hace, cuando uno siempre se siente culpable o hay resentimiento, cuando hay temor a expresar una opinión, cuando uno evita conversar o se aleja del otro.

Patrones que deterioran la relación con los años

Críticas constantes

Cuando uno solo le menciona al otro todo lo que hizo mal y lo hace de forma constante, esto hace que el otro se sienta poco valorado y juzgado y, por consecuencia, quiera alejarse física y emocionalmente. Por ejemplo, cuando se le dice “siempre lo haces todo mal”, “siempre es lo mismo contigo”, “solo te dedicas a fastidiar”, “eres un sonso”. 

Comparaciones

Muchos padres creen que cuando comparan a sus hijos con sus hermanos, primos o amigos, pueden “cambiar” o “mejorar”. Sin embargo, esto tiene el efecto contrario, porque cuando son comparados comienzan a sentirse insuficientes, desconfían de sí mismos y pueden llegar a sentir rencor hacia los padres o hacia la persona con la que le están comparando. Por ejemplo, mensajes como “mira como tu amigo lo logra y tú te estás quedando”, “mira lo bien que le va a tu primo”, pueden terminar generando distanciamiento y mucho rencor. 

Falta de escucha

Escuchar implica entender el mensaje y lo que está sintiendo el otro, escuchar no es esperar el turno para responder. Cuando uno solo espera su turno para responder, no genera conexión con el otro y esa comunicación genera más distancia que acercamiento.

Resentimientos acumulados

Cuando hay resentimientos que no se resolvieron a tiempo y que han permanecido durante varios años, suelen aparecer en cualquier desacuerdo, haciendo que sea mucho más difícil de manejar. 

Control de decisiones

Cuando un padre de familia toma las decisiones constantemente por el hijo, este comienza a perder la confianza en sí mismo y en su propio criterio, por lo que siempre que quiera tomar una decisión importante dependerá de alguien más. En cambio, si el padre de familia proporciona apoyo al hijo sin tomar la decisión por él, el hijo siente que se está respetando su autonomía y comienza a confiar más en sí mismo.

¿Cómo reparar una relación rota entre padres e hijos?

Para que una relación familiar se pueda reparar, es importante que ambos tengan predisposición a mejorarla y que se hagan ciertos cambios en la dinámica familiar. Es un proceso que toma tiempo y que requiere mucho compromiso, pero que a largo plazo puede fortalecer la relación y tener muy buenos resultados.

Escuchar activamente antes de responder

Escuchar activamente implica oír lo que dice el otro para entenderlo y conectar con lo que está sintiendo, no para contestar lo que dice o para reclamarle. Una herramienta terapéutica muy útil es el parafraseo, que consiste en decir con tus propias palabras lo que has entendido de lo que el otro te dijo, antes de responderle. Esto permite que el otro se sienta escuchado y te aseguras de que entendiste su mensaje correctamente. Por ejemplo, “Por lo que entiendo, entonces lo que te incomodó fue que no te pidiera tu opinión al hacer el cambio de muebles. ¿Verdad?”.

Hablar desde la emoción y no desde el reproche

Cuando uno habla desde el reproche, el otro se puede sentir atacado. Una herramienta terapéutica muy útil, es hablar expresando cómo te sientes, pues esto da mayor apertura al diálogo. Por ejemplo,en lugar de decirle al otro: “tú nunca me tomas en cuenta”, se le podría decir: “me siento muy triste e incómoda cada vez que tomas una decisión y no me preguntas por mi opinión”.

Reconocer errores y pedir perdón

Pedir perdón no significa que uno sea el culpable de todo. Disculparse significa asumir la responsabilidad por nuestros actos y reconocer que lo que uno hizo puede haber afectado al otro. Cuando las disculpas son genuinas, aumentan las probabilidades de reconstruir la relación e incluso de que haya una reconciliación. 

Aprender a establecer límites sanos

Establecer límites es una manera de cuidar el vínculo con el otro, no significa “castigar” al otro, sino expresar lo que a uno le haría sentir más respetado. Cuando uno expresa lo que le incomoda, le deja saber al otro que no debe cruzar esa línea. Si uno no establece límites, el otro sigue cruzando esa línea, con ello se acumulan resentimientos, dolor y tristeza y la relación se comienza a desgastar. Por ejemplo, una manera de expresar un límite sería de la siguiente manera: “Siempre que hablamos, escucho que opinas sobre mis amigos. Sé que no es con mala intención pero me incomoda la manera en la que varias veces lo has hecho. Preferiría que si hablas sobre ellos, sea sin etiquetas o comentarios despectivos, ya que eso me afecta”. 

Padres escuchan a su hijo adulto durante una conversación familiar cercana.

¿Cómo sanar la relación con hijos adultos?

Sanar implica tener disposición a reparar el vínculo y a hacer cambios a comportamientos poco saludables en la relación actual, para así relacionarse de una forma distinta, que sea más efectiva y en la que ambos se sientan cómodos, comprendidos y validados.

Aceptar que la relación cambia con el tiempo

Cuando los hijos se convierten en adultos, la relación familiar se transforma, pues ya no requieren la misma atención, cuidado, control o protección que necesitaban cuando eran menores de edad. Los padres siguen teniendo un papel muy importante en su vida, pero este rol es distinto, pues ahora los hijos son más autónomos y son ellos los que toman sus decisiones importantes por sí mismos. Cuando los miembros de la familia reconocen y aceptan estos cambios, las tensiones y conflictos se reducen.

Reconstruir la confianza paso a paso

La confianza se recupera poco a poco, con acciones constantes que le transmitan al otro seguridad y respeto, no es algo que se reconstruya de un momento a otro. Se restablece mediante el cumplimiento de las promesas y los acuerdos establecidos, aceptando los límites del otro, valorando los avances y progresos en la mejora del vínculo, interesándose por el otro, etc.

Crear nuevos momentos de conexión

Cuando se comparten momentos agradables y se realizan actividades juntos, se consolida más la relación y se desarrolla un vínculo más emocional y cercano con el otro. Actividades como cocinar juntos, salir a pasear, hacer deporte, compartir un hobbie, etc, pueden ser buenas opciones que permitan que uno pase un buen momento con el otro. 

¿Cómo empezar a reconstruir la relación padres e hijos hoy?

No hay un momento “perfecto” para comenzar a reconstruir la relación familiar. Incluso, una pequeña acción que es constante, puede traer grandes cambios en el vínculo padres-hijo. 

Pequeños cambios que generan grandes mejoras

Podemos subestimar la práctica de pequeñas acciones positivas en el día a día, como escuchar atentamente al otro sin interrumpir, preguntar antes de dar una opinión o consejo, agradecer, preguntar por su día, evitar tocar temas del pasado o culpar en cada conflicto, etc. Sin embargo, a largo plazo estas acciones pueden generar un gran cambio en la relación familiar, pues se genera una mayor conexión emocional y acercamiento y se reduce la tensión.

¿Cómo iniciar una conversación difícil?

Para poder tocar temas difíciles, es importante buscar un momento y lugar sereno, hablar desde la primera persona “yo me siento”, en lugar de hacerlo desde la segunda persona “tú me haces sentir”, y evitar el uso de etiquetas o calificativos que puedan ser despectivos o soeces. Expresar nuestro malestar con respeto diciendo cómo nos sentimos, hace que el otro no se ponga a la defensiva, ni se sienta como una competencia de encontrar quién es el culpable, lo cual ayuda a que pueda haber un mayor entendimiento mutuo. La paciencia, la tolerancia y la empatía deben ir de la mano en este tipo de conversaciones. 

¿Cuándo buscar ayuda profesional?

Se requiere apoyo profesional cuando uno nota que los conflictos son constantes y muy intensos, no se puede hablar de forma tranquila con el otro porque siempre hay ofensas, faltas de respeto e insultos; hay distanciamiento constante, se suelen hacer la ley del hielo con frecuencia, ya no saben qué hacer o cómo mejorar la relación. En ese tipo de casos, la terapia familiar puede ser un espacio seguro para reconocer estilos de comunicación poco efectivos, entender las necesidades de cada miembro de la familia y adquirir nuevas herramientas para mejorar el vínculo.

En Cognittiva Psicología Integral contamos con el servicio de terapia familiar orientado a trabajar las dificultades de comunicación, los conflictos y las dinámicas que afectan la relación entre los integrantes de una familia.

Reflexión final: la relación entre padres e hijos también puede transformarse

Los conflictos familiares pueden indicar que hay problemas para aceptar la existencia de nuevos roles, comunicarse de forma efectiva, establecer acuerdos y límites, reconocer las expectativas de cada miembro y adaptarse a nuevas etapas. Reconstruir un vínculo familiar es posible pero se requiere tolerancia, empatía, tiempo, paciencia y mucha disposición de todos los miembros para que se pueda gestar una nueva relación saludable basada en el respeto, la autonomía y el entendimiento mutuo.

Fuentes

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Autora

Ps. Daniela Patricia Vinatea Sifuentes
Licenciada en Psicología Clínica con experiencia en terapia individual.

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